Hace 122 años nacía en un pueblo austriaco al norte de Salzburgo el tercer hijo de Alois, un agente de aduanas, y su tercera mujer Klara, que al mismo tiempo era su prima.
Hace algo más de 80 años el hijo de Alois y Klara se hacía con las riendas de un país que no era el suyo y movilizaba con su discurso a millones de alemanes hacia el levantamiento contra el mundo. El Leitmotiv: la lucha por la dignidad de un pueblo y una raza...que no eran las suyas.
Hace 76 años, en la ciudad bávara de Nürnberg, el mundo destapó todas las barbaridades que aquel hijo de un agente de aduanas promovió. Algunos de los que participaron en aquellas atrocidades fueron juzgados y condenados entonces.
Hoy, nadie se explica cómo pudo ocurrir que los más de 65 millones de personas que integraban la Alemania de entonces fueran parte de aquel movimiento. No encontramos lógico que no existieran levantamientos, que nadie intentara parar esa rueda de destrucción. Por más que le damos vueltas no nos explicamos que un pueblo tan desarrollado pudiera llegar a esos extremos tan alejados del desarrollo.
Somos presa de la jerarquía. Somos víctimas de la autoridad. Somos débiles frente a lo que entendemos está por encima nuestro. Lo aceptamos. Lo asumimos. Y lo hacemos, si entendemos que el no hacerlo va a provocarnos perjuicios. Es sencillo. Y, aunque las consecuencias no sean comparables a lo ocurrido durante el régimen nazi, somos partícipes de ello en nuestro día a día.
¿Cuántas veces hemos defendido a nuestro jefe sin estar de acuerdo con él? ¿Cuántas veces, tras discutir con él y expresar nuestro desacuerdo nuestro jefe dice "se hará así y punto", y así lo acabamos haciendo?
En cualquier institución, en cualquier organización, en cualquier empresa, se hace siempre lo que el gran jefe dice. Y, por supuesto, lo más rápido posible. Uno es libre de no hacerlo, pero sabe que eso no le reportará nada positivo.
En la fábrica, cuando se sabe que alguno de los grandes jefes o alguien importante va a hacer una visita, todo el mundo se moviliza para conseguir que todo esté limpio y funcione bien. Todo debe estar perfecto. Y todos somos hormiguitas que dejamos de hacer lo que estemos haciendo en ese momento para que el gran jefe lo tenga todo a su gusto.
Dejamos de hacer incluso nuestras obligaciones en el trabajo para atender la prioridad en ese momento: los jefes. A veces resulta muy ridículo. Y, resultándolo...lo continuamos haciendo.
Visto que la jerarquía es una fuerza superior en cualquier organización, un factor esencial reside en la calidad de los jefes y, muy especialmente, del gran jefe. Es vital la coherencia de sus decisiones, pues éstas se extenderán en forma de catarata aguas abajo, para implicar hasta al último de los integrantes.
Sin duda los alemanes se encontraban en una situación así. Se hacía lo que el gran jefe decía. Y, por supuesto, lo más rápido posible. Uno era libre de no harcerlo. Pero no hacerlo no le reportaba nada positivo.
Por eso se llegó a donde se llegó. Porque todo lo que el hijo de aquel funcionario de aduanas austriaco decía se topaba con la misma respuesta. Una respuesta que nosotros mismos usamos día tras día: En seguida jefe.
Lo leas como lo leas, estás diciendo que tú jefe es un nazi, jajaja...
ResponderEliminarPablo.