miércoles, 2 de octubre de 2013

Desahogarse

O dejar de ahogarse.
El corazón y las tripas tirando hacia abajo de todo tu cuerpo, como con una gran goma elástica. Te arrugas. Tus labios, tu espalda, tus pasos habitando en una cámara de gravedad multiplicada por cien.
Al alma le falta oxígeno. Y aún así, ahogándose y pidiendo auxilio, 21 gramos de nada dominan a  más de 80 kilos de cuerpo.

Nunca las emociones fueron tan físicas. Nunca la cabeza tuvo un papel tan insignificante. Por más que se empeñe. Por más que materialice en voz tranquila discursos perfectamente estructurados en los que pone nombre y cara a cada emoción. Nos creemos maduros, detallando con sutileza eso que creemos que sentimos, dando una explicación lógica a lo que pasó y asumiendo lo que va a pasar.
Y tu cabeza se desahoga.

Lo difícil se queda en casa.
Abres la puerta y la cabeza vuelve de golpe a su sitio menor, a su rol de don nadie. La gravedad ha vuelto a aumentar mientras cruzas muy despacio el pasillo vacío (tan vacío) y lo único que oyes es tu caja torácica rebotando en todas partes, en tu sien, queriendo salir por tu boca, pidiendo auxilio. Ahogándose.

Ahogándose físicamente. Arrugándose. No entiende nada.
Lógico. Las emociones no entienden de entender. Y no hay nada que hacer. No hay manual para desahogarse, por más que te digan, por más que te digas.

Dicen los que saben (si hay alguien que sepa) que lo único que se puede hacer es esperar. Esperar ahogándose cada día. Hasta que un día, por casualidad, se suelte el tapón de esa piscina en la que te estás ahogando.
Dicen los que saben (si hay alguien que sepa), que el único consuelo es que el alma, al contrario que el cuerpo, puede ahogarse sin morir.

Eso sí, desahogarse...ni puede ni sabe cómo...
Para el alma, desahogarse sólo ocurre al desaguarse todo lo de alrededor.





lunes, 30 de septiembre de 2013

Con chaqueta de traje y sin zapatos

Cada mirada es una mirada de hoy, de ahora, de este momento, de YA. Igual que las sonrisas.
Quizás por eso son tan increíblemente fotogénicas. Tanto que a uno le cuesta dejar de mirarlas.

Miradas y sonrisas sin planificar. Y conversaciones. Y el trabajo. Y la vida.

África se muere un segundo más allá del segundo que estás pisando.
Por si no te había quedado claro no paran de repetirte el omnipresente Pole Pole ("despacio, despacio"). Quizá porque saben que tú, acostumbrado a las prisas y a pensar únicamente en qué harás o quién serás mañana, te vas a olvidar de disfrutar eso que vives ahora.

Pole pole. Echa el freno. Coge aire.
Un poco más.
 Y ahora sopla. Sopla fuerte y que el mañana se vaya muy lejos.

Para bien. Y para mal.

No es importante qué comerás mañana, quién serás de mayor, dónde estarás de aquí a tres años.
Y eso significa renunciar a la industria, renunciar a la educación, renunciar a la ambición. Carreteras a medio hacer o directamente sin hacer, casas que se caen, campos sin labrar, ríos sin canalizar, escobas sin palo, gente con chaqueta de traje y sin zapatos.

Y a cambio felicidad. Una felicidad que aquí seguramente nunca lleguemos a experimentar. La felicidad de no preocuparse y ser capaz de vivir, simplemente vivir.
Qué envidia...que nos lo digan a nosotros, que a veces casi morimos ahogados en nuestras preocupaciones.

Miradas y sonrisas intensas, sin el adorno del miedo, sin entender qué es exactamente eso del qué dirán, sin el freno de la prudencia. Llenas de vida.

Pole pole.

Sociedad caóticamente feliz y sin mañana. Y eso no lo va a cambiar nadie.

Ojalá nadie lo cambie.

Estando en Tanzania pensaba que quizá la mezcla perfecta para la felicidad para hoy y mañana se lograría con un ADN mitad africano mitad alemán. Tardé poco en darme cuenta de que eso sería igual de efectivo que mezclar jamón ibérico con ferrero roché...seguramente es desperdiciar lo mejor de los dos.

Y, después de todo, esa chaqueta de traje queda mucho mejor sin zapatos :)

martes, 21 de mayo de 2013

Si Madrid se acaba...

son las 7 de la tarde de un sábado. El cielo está medio nublado, una chaqueta no habría estado de más. Encojo los hombros y sigo escuchando a mi amigo. Lo del atleti, dice, eso sí que es algo grande.
Madrid ríe. En cada terraza. En cada conversación. Mires donde mires Madrid sonríe. Lavapiés es un hervidero a esas horas en la que uno estaba acostumbrado a no ver demasiado por la calle.

Primera parada para recoger a dos amigos más. Obligado acompañar la conversación con 4 botellines bien fríos. Casi ni nos oímos, la música está dos tonos más alta de lo que pide el oído a las siete y media de la tarde. Gesticulamos, nos abrazamos, amenazamos con matarnos. Era broma. Volvemos a reír.
La gente baila al lado nuestro. ¿Baila? Hay ambiente de tres de la mañana a plena luz del día. 4 botellines más y salimos a dar otra vuelta.
La calle se ha vestido de rojiblanca. Seguimos arreglando el mundo, sonriendo con los gestos de todos los atléticos y paseando por calles que, más allá del rojiblanco y del gris del cielo, quieren maquillarse de primavera.
Echo un trago en una fuente. Uno no sabe bien a qué sabe el agua de Madrid hasta que se acostumbra a no beberla. Echo el trago y recuerdo. Dulce, sabe a hierro dulce. No tardamos en entrar en otro bar y la cerveza viene acompañada de algo de comer. Y yo pienso, esto es Madrid. Seguimos hablando. Nadie ha parado de hablar desde que salí de casa. Ni en la parada del metro, ni en las calles, ni en los parques. Seguimos arreglando el mundo, abrazándonos. Otra caña y otro pincho. Vienen los colores en las mejillas y a las 9 y media  estamos recorriendo el barrio de las letras discutiendo a qué sitio del mundo iremos a contarnos las penas cuando no nos quede Madrid.

Las farolas colorean naranjas los adoquines del suelo. Las terrazas se han recogido y los restaurantes y las tascas son ahora escaparates de calamares, oreja, croquetas en platos que interrumpen risas. De verdad que no puedo parar de fijarme en las sonrisas. Quién diría que estamos en crisis.
Dos botellines más y llegada la hora cuesta despedirse para ir a casa.
Joder, cuesta despedirse cuando uno sigue escuchando risas en los grupos que aún llenan la calle mientras emprende el camino solo a casa.
Me voy despidiendo. De la gente. De los sonidos de las noches que, en Madrid, parecen casi siempre noches de verano. Del olor a aceite de los bares. De los chillidos para oírnos en un sitio atestado. De tocar, de reír, de abrazar. Me despido del aire, que huele al aire de siempre, de los parques, que huelen a primavera como nunca.

El regreso en Ave hace que vuelen los recuerdos.

Imposible dejar de escribirle a Madrid.

Imposible mientras Madrid se empeñe en no acabarse nunca.

domingo, 3 de febrero de 2013

DE OTROS

No somos tan distintos. Os lo aseguro.
El Sr. Bárcenas. Roldán. Rajoy. Tú, yo. Y cualquiera. Somos todos de la misma jodida pasta.

Es probable que te sientas de alguna manera insultado. No es mi intención. O sí. En cualquier caso te invito a seguir leyendo. 

Ayer salimos a cenar a un restaurante de Barcelona. Es curioso que los platos de la carta de alguna manera aparentemente casual acaban ordenándose de los más baratos a los más caros. Me di cuenta de cómo, aparentemente sin darme cuenta, ni siquiera me preocupé en mirar los platos de más de 15 euros (y eso que había casi más que de menos de 15 euros)
La cena estaba realmente rica. Como siempre, acabé mi primera cerveza casi nada más empezar. La segunda cayó según me traían el segundo plato. Y así fue que, casi sin darme cuenta, había decidido que no tomaría nada más de beber que me ayudara a pasar aquella exquisita hamburguesa con patatas. 
De postre, por supuesto, ni hablar. 
La cuenta. 28 euros. Todo riquísimo. Acostumbrado a los precios de Barcelona, precio más que correcto. Debo decir que el montante de la cuenta no me sorprendió, porque, no sé bien en qué momento, en algún lugar de mi cabeza habían quedado guardados los precios y ya se había calculado de forma inconsciente lo que pagaríamos. 

De vuelta fui repasando todas esas cosas que casi sin darme cuenta habían pasado durante la cena. No mirar los platos más caros, no pedir otra cerveza, no pedir postre, tener calculado lo que me gastaré.
Se trata de mi dinero, y, por supuesto, no puedo permitirme gastarme 50 euros cada viernes que salgo a cenar.

Esa misma noche pensé en la última vez que salí a cenar con mis padres. Por supuesto no reparé en si me tomaba una cerveza más o no. Postre, obviamente sí. Los platos caros...no se trataba de coger el más caro, pero había que aprovechar para darse un pequeño homenaje con aquel solomillo de 17 euros. 
No me preocupé mucho del precio. Sabía que algo más caro sería, pero dejé que mi padre se arreglase con la tarjeta de crédito, el camarero y el lector de tarjetas inalámbrico.

Un ejemplo cercano. Una comparación de lo diferente que nos comportamos cuando el dinero es nuestro y cuando no lo es. 
En el primer caso, de forma inconsciente las decisiones se toman con el trasfondo de todo lo que te costó ganarlo, de lo que te gustaría ahorrar, de todo lo que te queda aún por pagar.
En el segundo caso, la decisión se toma con alivio. 
Y fijaos bien que los que pagaban en este caso tenían nombre y apellido: mis padres. 

No estoy de acuerdo con el lema políticos ladrones. Os digo, los políticos son exactamente de la misma pasta que todos nosotros. 
Cuidan de su dinero. Y, cuando se trata del dinero de otros...pues en ese caso no se cuidan tanto. Pero, qué casualidad, sean los políticos que sean, de la ideología que sean, de la ciudad que sean,...TODOS TODOS TODOS tienen el mismo comportamiento. 

Hacer lo que les sale de los cojones con el dinero de los otros.

Soy de la sincera opinión de que el 90% de la gente en su posición acabaríamos haciendo lo mismo. Lo dicho, lo hacemos a pequeña escala con nuestros padres, ¿por qué no lo íbamos a hacer con el dinero de gente que ni siquiera conocemos?

No creo que la causa de esta problemática esté en las personas. Ni mucho menos.
El cáncer es el sistema.
Ya podemos poner a Mahama Gahndi de ministro, que mientras no cambie el sistema de raíz tendremos muy probablemente al mismísimo premio Nobel de la Paz en los titulares de El País por cohecho...

Es muy sencillo. Haz que el político tenga en juego su propio dinero en función de su trabajo.
 Define objetivos de gestión. Para cada ministro. Para cada concejal. Para cualquier persona del ámbito público. Haz que su sueldo vaya acorde al grado de cumplimiento de dicho objetivo.

Con una comisión de evaluación
¿Que no se cumplen los objetivos? A la calle. Y de pensión vitalícea los cojones. El paro como todo el mundo en función del tiempo trabajado.
¿Que se cumplen los objetivos? De maravilla. El político cobra un buen sueldo y además tienes a todos los ciudadanos contentos.

Mientras no se evalúe el rendimiento de los cargos públicos y su sueldo no vaya en función de dicho rendimiento nunca nadie en la política logrará mejoras de nada, nunca se dejará de robar. La democracia será un sistema injusto, ineficiente y lleno de gente cuya única aspiración es ver cómo gestionar de la mejor manera lo de los otros para su propio bien. (en lugar de para el bien de todos)

Así que os animo a pensar de otra manera. A exigir cambios. SI. Pero del sistema. 
Mientras sigamos así, os aseguro que El País se va a hinchar a vender. 
Yo propongo que para el político esté en juego lo suyo, mientras gestiona lo de los otros.


sábado, 29 de diciembre de 2012

Otra jubilación

Se despidió diciéndonos eso que desde el principio del concierto ya habíamos ido intuyendo poco a poco, canción tras canción. Quizá sea tan sólo eso. Quizá las cosas bonitas acaban llegando cuando uno se dice a sí mismo hoy no quiero pensar.

Con boina, camisa blanca a juego con su bigote y un manojo nervios Antonio nos recibió a cada uno de nosotros a la entrada de la sala con un abrazo, con una sonrisa, agarrando un segundo más tu mano. 
No tardó en confesar todas sus virtudes. Sus 59 años. Sus dos hijas. Su mujer. Sus amores de la infancia. Sus placeres. Sus miedos. Y la sombra de la boina se quedó pequeña para tapar la luz de sus ojos, que con alguna que otra canción temblaban y casi nos hacían temblar a nosotros. Y su bigote tampoco fue quién para ocultar una sonrisa que siempre empezaba en él y acabábamos haciendo nuestra. 

El aplauso se convierte entonces en nuestra única forma de agradecimiento. Uno aplaude concentrado, pensando que quizá por cosas del destino el cariño pueda viajar en forma de onda sonora desde nuestras manos hasta el escenario. 

No falta el último abrazo de Antonio al acabar. Radiante. Una vez más se detiene uno por uno, casi como un niño nos pregunta inquieto qué tal ha estado. Una vez más le cuesta soltar tu mano.

Tras casi dos horas uno se vuelve a casa con una sonrisa y sumido en una paradoja:  no puedes parar de pensar en qué bueno es eso de no pensar. De decirse a sí mismo no te escuches. Déjate estar. Déjate ser. 

Y Antonio, entrados los 50 años, se dejó estar. SE DEJÓ SER. Se olvidó de los miedos de una jubilación monótona tras una vida trabajando y se echó una guitarra al hombro para hacer algo muy sencillo: lo que él quería. 
Decidió jubilar a su jubilación, romper  con lo que se supone, olvidarse de lo que debería. Un gran ejemplo.  

Y a sus hijas, que se les llena la boca de color cuando hablan de él, les ha quedado mucho de ese Antonio. De la frescura de no tener que pensar demasiado cuando se trata de hablar, de contar, de sentir. 

Un placer volver así a casa. Con renovadas intenciones de planes de vida aún por hacer. 

Antonio, un consejo. Cuando te vuelvan las dudas, cuando vuelvas a preguntarte, te paso este link para que escuches  :) 


http://www.youtube.com/watch?v=UuRoXhRn7ic

lunes, 10 de diciembre de 2012

Felices Sueños (escandinavos)

Un escaparate de sueños. De vidas perfectas. De familias felices. De parejas de cuento de hadas.
Y de perritos calientes a 50 céntimos a la salida.

Si habías pensado dibujar un futuro para tu vida, IKEA se encarga de dirigir la mano en la que tienes el pincel.
Avanzas por el primer pasillo y, mientras ella va mezclando los colores en su paleta, tu cabeza va formando poco a poco las letras de esa palabra mágica. Avanzas un poco más. Otro paso más. Y ya lo tienes. El pincel se posa sobre el lienzo y tu boca no puede contenerse ni un segundo más: N-E-C-E-S-I-T-O.

NECESITO.

Ahora lo necesitas. Porque acabas de descubrir que un porcentaje de felicidad en tu vida a partir de ese instante pasa por comprar ese artículo. Exacto, ese separador de calcetines para los cajones, o el revistero para el sofá, un par de stores para las ventanas del salón, o la estantería BILLY para el rincón vacío de tu habitación, el baúl para la ropa de los niños, una butaquita KARLSTAD para la abuela... Y no acabo!

La necesidad está ahí. Y ahora sólo queda resolver el choque de necesidades. Os invito a quedaros quietos durante diez minutos en una sección cualquiera del IKEA. Las discusiones son graciosas, graciosísimas.

NECESITO un armario BOK o STANDLER? NECESITO una mesa BJUSA o HEMNES?

Son palabras mayores, hay mucho en juego.

Eso sí. no es tan gracioso darse cuenta de que uno se ha visto sumido en estas mismas discusiones en cada visita al gigante amarillo y azul.

NECESITO.

Esa ha sido la virtud de los creadores de Ikea. Auténticos virtuosos con el pincel, capaces de dibujar el escenario perfecto para eso en lo que nunca pensaste sea ahora una necesidad. Es por eso que a todo el mundo le pasa lo mismo: van a comprar un edredón y vuelven a casa con un edredón y el maletero lleno de cosas con nombres escandinavos.

Y perritos calientes por cincuenta céntimos.

Y siendo un poco más felices, por supuesto, nos vamos a dormir.

FELICES SUEÑOS (escandinavos) a todos.



miércoles, 5 de diciembre de 2012

Poner nombre a 3 años

Hoy los dedos se movían nerviosos, golpeaban la mesa, abrían y cerraban el boli. Hoy mis dedos me pedían hablar, hablar de mis recién cumplidos tres años en Barcelona.
Tres años. Tres puestos de trabajo en una misma empresa. Cuatro casas en un mismo barrio.
Aaaay...Qué típico sería decir ahora eso de qué rápido pasa el tiempo.

Tan típico como incorrecto. Porque el tiempo, aunque no nos lo parezca, pasa exactamente tan deprisa ahora como despacio cuando estamos esperando en la cola del servicio público a que nos toque el turno.

Algunas cosas no cambian. Como la de los pájaros en la cabeza, esos siempre están dando vueltas por ahí arriba. A veces me gustaría que me lanzasen un montón de cuerdas desde lo alto, atármelas a las muñecas,y, al más puro estilo la casa de UP!, dejarme llevar donde decidan. 
No me hago a quedarme quieto. Hasta me dolió contar los años en Barcelona. Uno, dos, tres. Y los pájaros desde ahí arriba cada vez el pelo menos rubio y algo más blanquito. 

Añoro los momentos de adaptación. El llegar, el tener que conocer, el no saber, el obligarse a salir. El organizarse. Añoro eso de irme haciendo fuerte allí donde no me conocen. 
No quiero ser un español por el mundo más. No quiero irme a tener una casa ideal con un trabajo ideal y salir sonriente contando lo ideal que ha sido todo. Ya os digo, el cuerpo me pide construir, empezar de cero, poner las piedras con la mano e ir mirando poco a poco la casa que voy construyendo.

Mientras tanto, no le puedo pedir más a la vida en Barcelona. Después de un año en esta ciudad con mar, fui a cruzarme con mi Mar en pleno centro de la ciudad, al ladito del Camp Nou. Resultó que mi Mar viene de Mallorca. Es un mar en calma, de esos de atardecer en verano, siempre dulce.
En el trabajo voy entendiendo que lo fundamental está en las personas. Que la clave está en hacer a tu equipo todo lo grande que puedas. Y eso quiero. Y por eso apuesto. Por convencerles de que pueden, por obligarles a crecer. Y viéndoles me convenzo. Me obligo. 
En el tema amigos tengo el placer de haberme rodeado de gente excepcional. Cada uno en lo suyo. Futuros líderes. Algunos talentosos, otros creativos, otros impulsivos. Genios. Resalto lo de la inteligencia, porque una de las cosas que más hacemos cuando nos juntamos es reírnos. Siempre lo he dicho, no hay prueba mayor de inteligencia que el reír y saber hacer reír. 

No quiero dejar nada sin repasar y pensando miro por la ventana. Barcelona pide a gritos la independencia. Yo diría que en realidad pide una solución para muchos otros problemas, pero alguien con las cosas muy claras le ha puesto el nombre de independencia. 
En mi opinión la fórmula es clara: mala gestión del gobierno catalán y español (igual de mala que la gestión de cualquiera del resto de autonomías) + el lastre que medios como telemadrid o abc generan en la opinión catalana + situación agravada de crisis + el lastre que medios como tv3 generan en la opinión catalana

Lo dicho, frente a la necesidad, siempre hay oportunismos. Eso sí, nadie ha hablado de resolver todos los problemas en la última campaña electoral.

Me canso de explicar que la gente de Madrid no es del partido popular por convenio.

Se echa de menos Aluche. El olor del frío por las mañanas. El viento en la cara subiendo a Casa de Campo. El olor del metro. Qué fuertes son los recuerdos traídos por los olores. Ver crecer a mis dos sobrinos. Pasar más tiempo con mis padres. Tardes de cañas con los amigos, hablando una vez más de las batallitas del instituto. Abrazos sinceros. Lágrimas de la risa. 

Mucho tiempo después me decido a escribir otro blog. Un blog que sirvió para lo que tenía que servir....

....poner nombre a recuerdos de tres años.