O dejar de ahogarse.
El corazón y las tripas tirando hacia abajo de todo tu cuerpo, como con una gran goma elástica. Te arrugas. Tus labios, tu espalda, tus pasos habitando en una cámara de gravedad multiplicada por cien.
Al alma le falta oxígeno. Y aún así, ahogándose y pidiendo auxilio, 21 gramos de nada dominan a más de 80 kilos de cuerpo.
Nunca las emociones fueron tan físicas. Nunca la cabeza tuvo un papel tan insignificante. Por más que se empeñe. Por más que materialice en voz tranquila discursos perfectamente estructurados en los que pone nombre y cara a cada emoción. Nos creemos maduros, detallando con sutileza eso que creemos que sentimos, dando una explicación lógica a lo que pasó y asumiendo lo que va a pasar.
Y tu cabeza se desahoga.
Lo difícil se queda en casa.
Abres la puerta y la cabeza vuelve de golpe a su sitio menor, a su rol de don nadie. La gravedad ha vuelto a aumentar mientras cruzas muy despacio el pasillo vacío (tan vacío) y lo único que oyes es tu caja torácica rebotando en todas partes, en tu sien, queriendo salir por tu boca, pidiendo auxilio. Ahogándose.
Ahogándose físicamente. Arrugándose. No entiende nada.
Lógico. Las emociones no entienden de entender. Y no hay nada que hacer. No hay manual para desahogarse, por más que te digan, por más que te digas.
Dicen los que saben (si hay alguien que sepa) que lo único que se puede hacer es esperar. Esperar ahogándose cada día. Hasta que un día, por casualidad, se suelte el tapón de esa piscina en la que te estás ahogando.
Dicen los que saben (si hay alguien que sepa), que el único consuelo es que el alma, al contrario que el cuerpo, puede ahogarse sin morir.
Eso sí, desahogarse...ni puede ni sabe cómo...
Para el alma, desahogarse sólo ocurre al desaguarse todo lo de alrededor.
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