De tanto en cuando, mientras uno se frota la cabeza para aclararse el pelo de champú, una parte de la espuma acaba alojándose en una de las orejas, a veces en las dos.
Ocurre que en ese momento, rodeados de vapor, con las manos algo arrugadas tras 6 minutos de pensamientos y cánticos desacertados bajo la alcachofa de la ducha y con nuestro dedo hurgando en una de las orejas para desalojar la espuma acumulada, en ese momento digo llega por fin la reflexión.
Es curioso que los momentos más lúcidos de reflexión de nuestras vidas lleguen casi siempre en la ducha. Uno podría por tanto extraer la deducción de que la sociedad humana, visto lo visto, no es muy dada al hábito de la ducha....Eso, o que directamente somos muy garrulos, independientemente de lo mucho o poco que nos duchemos.
Decía que esta mañana me dio por pensar en lo enfermizamente comparativos que somos. Tan comparativos somos, que al final acabamos por ser, siempre, comparativamente felices.
Hace poco un compañero de trabajo se quejaba porque no le habían subido el sueldo. Ahondé un poco en la conversación. Le pregunté cuál era su sueldo. Coño, bastante bueno. Le pregunté si le daba para vivir. Coño, pues vivía bastante bien. Entonces quise saber porqué estaba tan enfadado.
"Lo que me jode no es que no me hayan subido el sueldo a mí, sino que se lo hayan subido a tres en el departamento y yo no sea uno de ellos"
Es decir, si él hubiera estado solo en el mundo su sensación sería de felicidad: tengo un buen suelo, por lo tanto soy feliz. Pero al convivir con más individuos aparece la felicidad comparativa: sólo soy feliz si lo mío está en la media o por encima de la media de los que me rodean. Léase "tengo un buen sueldo, pero como el sueldo de mi compañero es más alto, entonces no soy feliz".
Es una auténtica tragedia eso de la felicidad comparativa en los tiempos que corren, en los que una de las mayores prioridades de nuestras vidas es mostrarle a los demás todo lo bien que nos va.
Efectivamente, no ayuda el hecho de que uno no pare de encontrarse en el facebook estados del tipo "De vuelta del viaje de México y preparando las maletas para Tailandia". Leyendo esto uno no puede dejar de pensar "soy un mierdas, yo estoy de vuelta del trabajo preparando la bolsa para ir a la piscina municipal mientras ese tío se está recorriendo el mundo".
Lo asombroso de esta situación es lo mucho que nos cuesta mucho pensar "qué suerte tengo de tener este trabajo que tengo y de poder ir tranquilamente a echar unos largos por la tarde a la piscina". La opción "soy un mierdas" suele ganar, sin duda, por mayoría.
Este afán (o necesidad) por comparar es causa de infelicidad, no hay duda de ello, pero por otro lado ha sido, es y será la mayor motivación de superación del ser humano.
En efecto, no nos superamos por ser mejores. Nos superamos por ser mejores que los demás.
Compararnos nos hace mejorar. Que los demás sean buenos nos hace mejores. Que nosotros seamos buenos hace mejores a los demás. Como en círculo ascendente. Como si el progreso necesitase de esta espiral.
Un atleta entrena con el único objetivo de batir los récords de los demás, y, el que ya ostenta el récord necesita mejorarlo para que nadie lo supere.
Nunca hablamos de superación individual, necesitamos el comparar como el comer.
Es extraño. Nos pasamos toda una vida comparando para acabar siendo seres mucho mejores
...
...
aunque mucho menos felices
domingo, 11 de marzo de 2012
domingo, 5 de febrero de 2012
desaprender
Me gusta mucho esa publicidad de ING que habla sobre desaprender. Me gusta porque creo que es indudable que todos en particular y la sociedad en general tenemos como tarea pendiente desaprender muchas cosas.
Nuestra evolución personal y el progreso colectivo pasan en muchos casos por ser capaces de borrar costumbres y crear nuevos hábitos.
Peeeero
(siempre hay un pero)
Lo malo de desaprender es que es jodidamente complicado.
Nuestras costumbres son quizá como el cauce de un río. Podemos secar hasta la última gota de agua del mismo y construir un segundo cauce junto al cauce natural; pero todo nuestro esfuerzo será inútil. En efecto, cuando vuelva a llover, el agua seguirá bajando por el cauce natural en lugar de por el que hemos construído.
Podríamos decir que para tener éxito al desaprender, será necesario llenar completamente de arena el cauce natural del río hasta hacerlo desaparacer. Es entonces, cuando ya no quede rastro del mismo, cuando podemos empezar a construir el nuevo cauce por donde lo queremos.
Desaprender hábitos es efectivamente complicado y requiere mucho, mucho más esfuerzo que aprenderlos.
Pero no nos engañemos, es algo realizable.
Hay algo frente a lo que sin embargo me doy totalmente por vencido. Desaprender emociones.
Ocurre que en lo que a emociones se refiere el cuerpo reacciona por sí sólo, más allá de todas las órdenes sensatas que le pueda enviar la cabeza. Nervios, celos, angustia, rencor. Las emociones llegan directamente al cuerpo sin pasar por la cabeza, levantan un fuerte en mitad del estómago y plantan batalla a cualquier indicación racional.
En el caso de las emociones, y si cabe con más razón, desaprender sólo pasa por conseguir borrar el cauce natural del río por completo. No vale con secarlo, porque el agua volverá a correr por el mismo sitio, independientemente de todo el esfuerzo que hayamos hecho.
Y la pregunta es...
¿Cómo coño se consigue eso?
Nuestra evolución personal y el progreso colectivo pasan en muchos casos por ser capaces de borrar costumbres y crear nuevos hábitos.
Peeeero
(siempre hay un pero)
Lo malo de desaprender es que es jodidamente complicado.
Nuestras costumbres son quizá como el cauce de un río. Podemos secar hasta la última gota de agua del mismo y construir un segundo cauce junto al cauce natural; pero todo nuestro esfuerzo será inútil. En efecto, cuando vuelva a llover, el agua seguirá bajando por el cauce natural en lugar de por el que hemos construído.
Podríamos decir que para tener éxito al desaprender, será necesario llenar completamente de arena el cauce natural del río hasta hacerlo desaparacer. Es entonces, cuando ya no quede rastro del mismo, cuando podemos empezar a construir el nuevo cauce por donde lo queremos.
Desaprender hábitos es efectivamente complicado y requiere mucho, mucho más esfuerzo que aprenderlos.
Pero no nos engañemos, es algo realizable.
Hay algo frente a lo que sin embargo me doy totalmente por vencido. Desaprender emociones.
Ocurre que en lo que a emociones se refiere el cuerpo reacciona por sí sólo, más allá de todas las órdenes sensatas que le pueda enviar la cabeza. Nervios, celos, angustia, rencor. Las emociones llegan directamente al cuerpo sin pasar por la cabeza, levantan un fuerte en mitad del estómago y plantan batalla a cualquier indicación racional.
En el caso de las emociones, y si cabe con más razón, desaprender sólo pasa por conseguir borrar el cauce natural del río por completo. No vale con secarlo, porque el agua volverá a correr por el mismo sitio, independientemente de todo el esfuerzo que hayamos hecho.
Y la pregunta es...
¿Cómo coño se consigue eso?
miércoles, 1 de febrero de 2012
CARAS
Miro caras.
Cuando camino, siempre miro caras.
Las miro y noto cómo sin quererlo surge dentro de mí una necesidad casi natural de juzgar al individuo que hay bajo esas caras.
Camino.
Y veo caras
Y, sin quererlo, juzgo. Instintivamente. Esbozo de forma instantánea el guión de vidas que no son las mías. Asocio rasgos con caracteres y con historias. Arrugas con preocupaciones, mofletes con sinceridad, ojeras con tristeza, simetría con confianza, labios carnosos con pasión, nariz afilada con soberbia,...
Siempre que sigo este ritual me surge la misma pregunta. ¿Son justas las caras?
Pues evidentemente no. Ya nos avisa el refranero de que las apariencias engañan y, todo hay que decirlo, ese tal señor refranero no tiene por costumbre equivocarse. Las caras son injustas. Pero qué coño, es injustamente inevitable dejarnos guiar por las conclusiones a primera vista. Las caras no nos cuentan la verdad, las cejas, los ojos, los párpados, las arrugas de la frente, los labios. Nos mienten.
Las caras nos mienten. Pero ojo, los gestos no.
Mirando y mirando caras saco la conclusión de que, más allá de los rasgos meramente físicos, son las maneras que tenemos de gesticular las que hablan de verdad de nosotros, las que cuentan nuestra historia, nuestras vivencias.
Conzco a una persona que ha vivido una gran desgracia personal. Fue hace muchos años, pero desde entonces, en cada uno de sus gestos, hasta en su sonrisa, puede leerse aquella desgracia. Difícil de describir si uno no lo tiene delante. Es algo así como que a los labios les cuesta levantarse con la risa, como si todas las emociones que su cara puede representar estuvieran lastradas, como si cada músculo de su cara tuviera un pequeño peso de 100 gramos tirando hacia abajo. Es el peso de una historia.
Cualquier historia. Sea la que sea. La soberbia heredada de años de un trato preferente, que aparece con una ligera dejadez en los labios, con frialdad en las expresiones. La desconfianza por alguna experiencia pasada, que tiende a esconder la mirada con rapidez. La ambición, que te envuelve con todos los músculos de la cara, desde la barbilla a la frente.
Y aquí sí. Aquí sí me fío. Cada vez que miro una cara me olvido de la cara y me voy a sus gestos. A que me hablen. A escuchar su historia.
Mil caras cuando camino.
Mil historias.
A veces juego a mirarme al espejo e intentar adivinar cuál es la mía.
Cuando camino, siempre miro caras.
Las miro y noto cómo sin quererlo surge dentro de mí una necesidad casi natural de juzgar al individuo que hay bajo esas caras.
Camino.
Y veo caras
Y, sin quererlo, juzgo. Instintivamente. Esbozo de forma instantánea el guión de vidas que no son las mías. Asocio rasgos con caracteres y con historias. Arrugas con preocupaciones, mofletes con sinceridad, ojeras con tristeza, simetría con confianza, labios carnosos con pasión, nariz afilada con soberbia,...
Siempre que sigo este ritual me surge la misma pregunta. ¿Son justas las caras?
Pues evidentemente no. Ya nos avisa el refranero de que las apariencias engañan y, todo hay que decirlo, ese tal señor refranero no tiene por costumbre equivocarse. Las caras son injustas. Pero qué coño, es injustamente inevitable dejarnos guiar por las conclusiones a primera vista. Las caras no nos cuentan la verdad, las cejas, los ojos, los párpados, las arrugas de la frente, los labios. Nos mienten.
Las caras nos mienten. Pero ojo, los gestos no.
Mirando y mirando caras saco la conclusión de que, más allá de los rasgos meramente físicos, son las maneras que tenemos de gesticular las que hablan de verdad de nosotros, las que cuentan nuestra historia, nuestras vivencias.
Conzco a una persona que ha vivido una gran desgracia personal. Fue hace muchos años, pero desde entonces, en cada uno de sus gestos, hasta en su sonrisa, puede leerse aquella desgracia. Difícil de describir si uno no lo tiene delante. Es algo así como que a los labios les cuesta levantarse con la risa, como si todas las emociones que su cara puede representar estuvieran lastradas, como si cada músculo de su cara tuviera un pequeño peso de 100 gramos tirando hacia abajo. Es el peso de una historia.
Cualquier historia. Sea la que sea. La soberbia heredada de años de un trato preferente, que aparece con una ligera dejadez en los labios, con frialdad en las expresiones. La desconfianza por alguna experiencia pasada, que tiende a esconder la mirada con rapidez. La ambición, que te envuelve con todos los músculos de la cara, desde la barbilla a la frente.
Y aquí sí. Aquí sí me fío. Cada vez que miro una cara me olvido de la cara y me voy a sus gestos. A que me hablen. A escuchar su historia.
Mil caras cuando camino.
Mil historias.
A veces juego a mirarme al espejo e intentar adivinar cuál es la mía.
domingo, 29 de enero de 2012
si no me falla la memoria
Se dice siempre que a lo largo de nuestra vida vamos escribiendo un libro. El libro de nuestra vida.
Ojalá.
Ojalá escribiéramos sobre papel toda nuestra historia, ojalá plasmásemos con tinta en tres millones de tomos todos y cada uno de los segundos de nuestra vida, cada suspiro, cada pensamiento, cada respiración, cada imagen, cada latido.
Y ojalá pudiéramos dedicar otra vida entera a perdernos por los pasillos de esa biblioteca infinita, para revivir página a página y palabra por palabra nuestra vida. Darle una segunda oportunidad a esos instantes que fueron tan efímeros, quedarnos sin respiración un rato, sólo un ratito más.
Pero nunca podrá ser así, porque los recuerdos no hay quien los plasme en tinta. No hay quien los retenga. Se van. Se van tan sigilosamente que ni nos damos cuenta. Tan sigilosamente que no somos capaces siquiera de acordamos de que ya no nos acordamos.
Por desgracia nuestra memoria no entiende de tinta ni de papel; construye los recuerdos en grandes dunas de fina arena. Dunas que con el tiempo, con el viento, aparecen y desaparecen, crecen, se hacen pequeñas, crecen, desaparecen, aparecen, se mueven, se hacen pequeñas, desaparecen, desaparecen,
desaparecen
desaparecen
desaparecieron.
Da miedo. Da miedo perder los recuerdos de lo que hemos sido. Da miedo cuando vemos una foto nuestra y ni siquiera somos capaces de adivinar el momento al que pertenece. Qué hacíamos allí, cómo nos sentíamos, cómo éramos.
Cómo éramos. Da miedo no saber ya más como éramos.
Sesgamos los recuerdos con nuestra personalidad de ahora, con nuestras ideas de hoy. Nos reconstruimos. Soplamos el viento a nuestro antojo para hacer que los recuerdos queden como queremos. Y uno ya nunca más sabrá si eso que recuerdo fue realmente como lo recuerdo.
La memoria siempre falla. Falla ella y la hacemos fallar nosotros. Asusta.
Asusta pensar que dentro de unos años habrá muchas cosas de hoy que no recordaré.
Por lo menos dejo hoy esto escrito. Que quede constancia de que al menos intenté avisarme.
Por si me olvido
Ojalá.
Ojalá escribiéramos sobre papel toda nuestra historia, ojalá plasmásemos con tinta en tres millones de tomos todos y cada uno de los segundos de nuestra vida, cada suspiro, cada pensamiento, cada respiración, cada imagen, cada latido.
Y ojalá pudiéramos dedicar otra vida entera a perdernos por los pasillos de esa biblioteca infinita, para revivir página a página y palabra por palabra nuestra vida. Darle una segunda oportunidad a esos instantes que fueron tan efímeros, quedarnos sin respiración un rato, sólo un ratito más.
Pero nunca podrá ser así, porque los recuerdos no hay quien los plasme en tinta. No hay quien los retenga. Se van. Se van tan sigilosamente que ni nos damos cuenta. Tan sigilosamente que no somos capaces siquiera de acordamos de que ya no nos acordamos.
Por desgracia nuestra memoria no entiende de tinta ni de papel; construye los recuerdos en grandes dunas de fina arena. Dunas que con el tiempo, con el viento, aparecen y desaparecen, crecen, se hacen pequeñas, crecen, desaparecen, aparecen, se mueven, se hacen pequeñas, desaparecen, desaparecen,
desaparecen
desaparecen
desaparecieron.
Da miedo. Da miedo perder los recuerdos de lo que hemos sido. Da miedo cuando vemos una foto nuestra y ni siquiera somos capaces de adivinar el momento al que pertenece. Qué hacíamos allí, cómo nos sentíamos, cómo éramos.
Cómo éramos. Da miedo no saber ya más como éramos.
Sesgamos los recuerdos con nuestra personalidad de ahora, con nuestras ideas de hoy. Nos reconstruimos. Soplamos el viento a nuestro antojo para hacer que los recuerdos queden como queremos. Y uno ya nunca más sabrá si eso que recuerdo fue realmente como lo recuerdo.
La memoria siempre falla. Falla ella y la hacemos fallar nosotros. Asusta.
Asusta pensar que dentro de unos años habrá muchas cosas de hoy que no recordaré.
Por lo menos dejo hoy esto escrito. Que quede constancia de que al menos intenté avisarme.
Por si me olvido
miércoles, 23 de noviembre de 2011
Forest Green
Tengo entre manos un caso digno de estudio que puede echar por tierra los principios de la ciencia moderna. En el momento que me percaté de la relevancia del asunto decidí que no podía quedarme parado y comencé a escribir a las instituciones científicas más relevantes del mundo. Universidad de Oklahoma, Instituto Pasteur, Max Planck Institut, y, en última instancia, Iker Jiménez.
Hace aproximadamente un año se acababa de abrir lo que a la postre sería uno de los Expedientes X más sonados: El caso Forest Green (Literalmente Bosque Verde, no confundir con Green Forest)
Tras meses de estudios secretos y millones de euros de inversión en los mejores científicos y en los medios más avanzados, el caso fue repentinamente archivado. He intentado indagar sobre el tema, contactar con algunas de las personas que estaban al cargo de la investigación. Imposible.
Nadie parecía saber nada. Todas las puertas estaban cerradas. Me enteré de que El Dr. Hans Spikenson, director adjunto del proyecto, se encontraba en el hospital psiquiátrico de Frankfurt ingresado con un trastorno de esquizofrenia paranoica. El resto parecía haberse esfumando de la faz de la tierra. Incluso la secretaria de Iker Jiménez se negó a atender mis llamadas.
Pero no seré yo el que deje que un descubrimiento así se pierda entre las carpetas polvorientas de un caso archivado y es por eso que arriesgaré mi propia integridad física para difundirlo y que todo el mundo (mis 100 lectores semanales en este caso) conozca la verdad.
Barcelona, 17 de Noviembre de 2010. 18:42h. Centro Comercial Mercadona.
2 días después de mudarnos a nuestra nueva casa J. , J. y yo decidimos hacer la primera compra de productos básicos para el hogar. Detergente, escobas, papel higiénico, bayetas y un largo etcétera de productos. Llegamos a la sección lavavajillas líquido Bosque Verde. Nos detenemos frente a los distintos aromas. Aroma naranja. Aroma jabón de Marsella. AROMA PINO. Algo especial nos llamó la atención de aquel aroma, una energía extraña se apoderó de mis manos, que fueron atraídas hacia la primera botella de la tercera fila. Sin saber cómo aquella botella acabó en el carro.
Completamos la compra como habitualmente, con la habitual conversación con la cajera en la que nos hacemos los simpáticos cuando compramos con varios amigos.
Barcelona 23 de Noviembre de 2011. 23:05h. Nuestra casa.
Ha pasado un año desde la adquisición del lavaplatos Bosque Verde con AROMA PINO. 3 personas cenando cada día, habituales cenas con varias personas, esporádicas fiestas con mucho que fregar. Fregar, fregar, fregar. Uno de nuestros castigos diarios.
372 días apretando la botella para dejar un buen pegote verde sobre la esponja.
372 días en los que esa botella ha vivido a otra velocidad, como en otra dimensión.
Tras 372 días usando el lavaplatos cada día... TODAVIA QUEDA UN TERCIO DE LA BOTELLA.
Es acaso un desafío a la física?
Son posibles los viajes en el tiempo de la sustancias con aroma de pino?
Magia negra quizá?
Parece que algo muy fuerte se esconde detrás de esta misteriosa botella. Algo que llevó al condecorado Dr. Spikenson a ingresar en un hospital psiquiátrico y, lo que es aun más inaudito, algo que llevó a Iker Jiménez a guardar silencio.
-----------------------------
En realidad el asunto que me ha llevado a escribir este blog no ha sido lo mucho que nos esta durando la botella de lavaplatos….sino que ésto me sorprenda tanto.
Me doy cuenta de que la sociedad de hoy se compone de cosas que no duran. Y me doy cuenta de que en la mayoría de los casos no son las cosas las que no duran, sino nosotros los que las hacemos durar poco. Diría que no nos sentimos cómodos con algo que esta con nosotros demasiado tiempo.
Se imponen, de este modo, empresas que han sabido ver esta tendencia. O crearla, no lo sé.
Ikea, con muebles que duran 5 años frente a aquellos muebles que pasaban de generación en generación entre nuestros abuelos.
Zara y Cia, con jerseys que no duran 4 lavados, pero que tú olvidas en el armario antes siquiera del tercer lavado, porque ya te has comprado otro nuevo.
Decathlon, con artículos tan económicos que no me importa comprarme uno nuevo si el que tengo empieza a envejecer.
Hemos cambiado y nos han cambiado. Oficios como el del zapatero tienden a desaparecer. ¿Por qué? Pues porque cuando se me rompe un zapato no lo reparo, sencillamente me compro otro nuevo.
Hace aproximadamente un año se acababa de abrir lo que a la postre sería uno de los Expedientes X más sonados: El caso Forest Green (Literalmente Bosque Verde, no confundir con Green Forest)
Tras meses de estudios secretos y millones de euros de inversión en los mejores científicos y en los medios más avanzados, el caso fue repentinamente archivado. He intentado indagar sobre el tema, contactar con algunas de las personas que estaban al cargo de la investigación. Imposible.
Nadie parecía saber nada. Todas las puertas estaban cerradas. Me enteré de que El Dr. Hans Spikenson, director adjunto del proyecto, se encontraba en el hospital psiquiátrico de Frankfurt ingresado con un trastorno de esquizofrenia paranoica. El resto parecía haberse esfumando de la faz de la tierra. Incluso la secretaria de Iker Jiménez se negó a atender mis llamadas.
Pero no seré yo el que deje que un descubrimiento así se pierda entre las carpetas polvorientas de un caso archivado y es por eso que arriesgaré mi propia integridad física para difundirlo y que todo el mundo (mis 100 lectores semanales en este caso) conozca la verdad.
Barcelona, 17 de Noviembre de 2010. 18:42h. Centro Comercial Mercadona.
2 días después de mudarnos a nuestra nueva casa J. , J. y yo decidimos hacer la primera compra de productos básicos para el hogar. Detergente, escobas, papel higiénico, bayetas y un largo etcétera de productos. Llegamos a la sección lavavajillas líquido Bosque Verde. Nos detenemos frente a los distintos aromas. Aroma naranja. Aroma jabón de Marsella. AROMA PINO. Algo especial nos llamó la atención de aquel aroma, una energía extraña se apoderó de mis manos, que fueron atraídas hacia la primera botella de la tercera fila. Sin saber cómo aquella botella acabó en el carro.
Completamos la compra como habitualmente, con la habitual conversación con la cajera en la que nos hacemos los simpáticos cuando compramos con varios amigos.
Barcelona 23 de Noviembre de 2011. 23:05h. Nuestra casa.
Ha pasado un año desde la adquisición del lavaplatos Bosque Verde con AROMA PINO. 3 personas cenando cada día, habituales cenas con varias personas, esporádicas fiestas con mucho que fregar. Fregar, fregar, fregar. Uno de nuestros castigos diarios.
372 días apretando la botella para dejar un buen pegote verde sobre la esponja.
372 días en los que esa botella ha vivido a otra velocidad, como en otra dimensión.
Tras 372 días usando el lavaplatos cada día... TODAVIA QUEDA UN TERCIO DE LA BOTELLA.
Es acaso un desafío a la física?
Son posibles los viajes en el tiempo de la sustancias con aroma de pino?
Magia negra quizá?
Parece que algo muy fuerte se esconde detrás de esta misteriosa botella. Algo que llevó al condecorado Dr. Spikenson a ingresar en un hospital psiquiátrico y, lo que es aun más inaudito, algo que llevó a Iker Jiménez a guardar silencio.
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En realidad el asunto que me ha llevado a escribir este blog no ha sido lo mucho que nos esta durando la botella de lavaplatos….sino que ésto me sorprenda tanto.
Me doy cuenta de que la sociedad de hoy se compone de cosas que no duran. Y me doy cuenta de que en la mayoría de los casos no son las cosas las que no duran, sino nosotros los que las hacemos durar poco. Diría que no nos sentimos cómodos con algo que esta con nosotros demasiado tiempo.
Se imponen, de este modo, empresas que han sabido ver esta tendencia. O crearla, no lo sé.
Ikea, con muebles que duran 5 años frente a aquellos muebles que pasaban de generación en generación entre nuestros abuelos.
Zara y Cia, con jerseys que no duran 4 lavados, pero que tú olvidas en el armario antes siquiera del tercer lavado, porque ya te has comprado otro nuevo.
Decathlon, con artículos tan económicos que no me importa comprarme uno nuevo si el que tengo empieza a envejecer.
Hemos cambiado y nos han cambiado. Oficios como el del zapatero tienden a desaparecer. ¿Por qué? Pues porque cuando se me rompe un zapato no lo reparo, sencillamente me compro otro nuevo.
Somos, como digo, victimas de una sociedad; pero no vale con escudarse en eso, porque somos precisamente nosotros los que no queremos cosas viejas y generamos esa tendencia en la sociedad. Nos incomoda tener lo mismo durante mucho tiempo.
En fin, concluyo.
De algo podéis estar seguros. Os mantendré informados sobre el caso Bosque Verde ;)
De algo podéis estar seguros. Os mantendré informados sobre el caso Bosque Verde ;)
miércoles, 16 de noviembre de 2011
TU SUERTE
Como cada día te asomas a tu ventana y echas el mismo vistazo de arriba a abajo a tu calle. Nada, no viene.
Otro día más esperando tu gran trayler, ese que te tiene que traer las toneladas de suerte que pediste hace tanto tiempo.
Mientras te giras para volver a tu habitación oyes algo. Te sobresaltas. Sí, es el ruido de un gran motor. De nuevo te apoyas en la ventana y buscas con la mirada. Allí viene. Sí, no hay duda. Al final de la calle, reluciente, con las llantas brillantes y un doble remolque recién pintado de amarillo. El estómago lo celebra, se te dibuja una sonrisa, aprietas los puños.
Poco a poco alcanzas a leer un gran "TU" pintado en negro en el lateral del primer remolque. El camión avanza radiante muy despacio por tu calle, alargando cada segundo. Te das cuenta de repente de que todos los vecinos han salido como tú a la ventana (llevaban allí desde el principio?). El camión avanza y el segundo remolque te va dejando leer poco a poco "S-U-E-R-T-E"
TU SUERTE!!!
Por fin. Por fin el día que tanto llevabas esperando. Entras a llamar a todos los de la casa para que salgan a la ventana contigo. Os abrazáis, os agarráis, sonreís, no sabéis casi ni qué decir. Y cuando volvéis a mirar a la calle descubrís que el camión se ha parado en la casa de enfrente.
Vuelves a tu casa. Bajas la cabeza y un día más vuelves a repetirte lo que tantas veces antes te has repetido: "Esque nunca tengo suerte"
No creo en los grandes camiones de suerte. Ni los quiero. Me paso una vida esperando que me llegue la suerte en toneladas, pero no me llega. Me paso una vida sientiéndome desafortunado. "A mí nunca me toca". Y mientras espero al gran camión, ese que llegará radiante por mi calle a tocar en mi puerta, ese que llegará mientras todos mis vecinos lo miran...o ese que seguramente no llegará en toda al vida, me olvido de que cada día el cartero me va trayendo alguna carta con un puñado de suerte. Ni siquiera me molesto en abrir las cartas. Para qué, si el camión volvió a pasar de largo.
De unas semanas para acá aprecio en la fábrica cómo la gente gasta mucho dinero en lotería. Para gente con nuestro salario me atrevo a decir que gastan auténticas barbaridades. Se apresuran a comprar un número de cada uno de los muchos que se venden.
El objetivo oficial: que me toque.
El objetivo real: no ser el único al que no le toque
Vivimos por comparación. Somos tan felices o infelices como nos marque la media de felicidad e infelicidad de la gente que nos rodea.
Así, mientras a nadie le toque la lotería, seguiré siendo igual de feliz. Pero si ocurre que le la lotería toca a todos los que me rodean menos a mí entonces me siento un desgraciado. ¿Por qué, si yo sigo en la misma situación? ¿Por qué, si en realidad MI SUERTE no ha variado?
No he jugado ni un número a la lotería. Como dije antes, no creo en los grandes camiones de suerte. De hecho siento que esa suerte en toneladas es un gran desequilibrio que algún efecto tiene que traer consigo.
Por mi parte intento, con más o menos éxito, abrir cada una de esas cartas con un puñado de suerte que hay en mi buzón y guardármelo.
Y si lo hago así es porque creo que carta a carta, sin sobresaltos, sin desequilibrios, conseguiré llenar más de un camión a lo largo de mi vida.
Otro día más esperando tu gran trayler, ese que te tiene que traer las toneladas de suerte que pediste hace tanto tiempo.
Mientras te giras para volver a tu habitación oyes algo. Te sobresaltas. Sí, es el ruido de un gran motor. De nuevo te apoyas en la ventana y buscas con la mirada. Allí viene. Sí, no hay duda. Al final de la calle, reluciente, con las llantas brillantes y un doble remolque recién pintado de amarillo. El estómago lo celebra, se te dibuja una sonrisa, aprietas los puños.
Poco a poco alcanzas a leer un gran "TU" pintado en negro en el lateral del primer remolque. El camión avanza radiante muy despacio por tu calle, alargando cada segundo. Te das cuenta de repente de que todos los vecinos han salido como tú a la ventana (llevaban allí desde el principio?). El camión avanza y el segundo remolque te va dejando leer poco a poco "S-U-E-R-T-E"
TU SUERTE!!!
Por fin. Por fin el día que tanto llevabas esperando. Entras a llamar a todos los de la casa para que salgan a la ventana contigo. Os abrazáis, os agarráis, sonreís, no sabéis casi ni qué decir. Y cuando volvéis a mirar a la calle descubrís que el camión se ha parado en la casa de enfrente.
Vuelves a tu casa. Bajas la cabeza y un día más vuelves a repetirte lo que tantas veces antes te has repetido: "Esque nunca tengo suerte"
No creo en los grandes camiones de suerte. Ni los quiero. Me paso una vida esperando que me llegue la suerte en toneladas, pero no me llega. Me paso una vida sientiéndome desafortunado. "A mí nunca me toca". Y mientras espero al gran camión, ese que llegará radiante por mi calle a tocar en mi puerta, ese que llegará mientras todos mis vecinos lo miran...o ese que seguramente no llegará en toda al vida, me olvido de que cada día el cartero me va trayendo alguna carta con un puñado de suerte. Ni siquiera me molesto en abrir las cartas. Para qué, si el camión volvió a pasar de largo.
De unas semanas para acá aprecio en la fábrica cómo la gente gasta mucho dinero en lotería. Para gente con nuestro salario me atrevo a decir que gastan auténticas barbaridades. Se apresuran a comprar un número de cada uno de los muchos que se venden.
El objetivo oficial: que me toque.
El objetivo real: no ser el único al que no le toque
Vivimos por comparación. Somos tan felices o infelices como nos marque la media de felicidad e infelicidad de la gente que nos rodea.
Así, mientras a nadie le toque la lotería, seguiré siendo igual de feliz. Pero si ocurre que le la lotería toca a todos los que me rodean menos a mí entonces me siento un desgraciado. ¿Por qué, si yo sigo en la misma situación? ¿Por qué, si en realidad MI SUERTE no ha variado?
No he jugado ni un número a la lotería. Como dije antes, no creo en los grandes camiones de suerte. De hecho siento que esa suerte en toneladas es un gran desequilibrio que algún efecto tiene que traer consigo.
Por mi parte intento, con más o menos éxito, abrir cada una de esas cartas con un puñado de suerte que hay en mi buzón y guardármelo.
Y si lo hago así es porque creo que carta a carta, sin sobresaltos, sin desequilibrios, conseguiré llenar más de un camión a lo largo de mi vida.
martes, 8 de noviembre de 2011
24 +2 +2
Una de las experiencias más agradables que hay en la vida surge cuando uno tiene la oportunidad de enseñarle a alguien a quien aprecia que vive fuera algo tan suyo como su ciudad.
Cada rincón de la visita es una excusa para recordar un momento que haga tuyo ese rincón. Paseando, tu visitante con el mapa en la mano y tú con el mapa en los pies, se suceden edificios, calles y monumentos alternándose con bares, anécdotas, bancos en parques, anécdotas, plazas, anécdotas y bares para acabar.
Con cada calle te descubres, con cada fachada retomas una historia, de cuando hiciste pellas en el instituto, de las cenas con los de la universidad, de cuando te dejó tu primera novia, de aquella manifestación, de la vez que te fuiste a tomar una caña y acabaste de fiesta, de aquella nochevieja, de las mejores croquetas, de ese concierto, de cómo ligaste en un burger, de por dónde salías a correr, de las mejores vistas de la ciudad, de cuando te castigó tu madre, del kalimocho en aquel banco del parque, ...
A cada esquina que doblas nombras a alguien tuyo. Pablo, Jorge, Patrick, Fibi, Tania, Antonio, Alberto... Los nombras como si tu acompañante los conociera de toda la vida, sin percatarte de que es la primera vez que él o ella oye estos nombres.
El día se va acabando y con las últimas horas, sin darte cuenta, has enseñado tanto de la ciudad como de ti mismo.
La visita se acaba y tu acompañante no recordará muy bien de qué estilo era la catedral, en qué año se construyó la plaza Mayor o qué rey vivió en el palacio.
Y te da igual, porque sabes que de alguna manera lo has conseguido. Has conseguido que cuando vuelva a su ciudad y piense en tu ciudad, se acuerde de ti. Recuerde tus anécdotas. Recuerde tu gente. Has conseguido que sienta parte de todo ello.
Has hecho que algo tuyo sea suyo para siempre.
Tengo 28 años.
24 +2 +2
24 años en Madrid
2 años en Munich
2 años en Barcelona
Siento las 3 ciudades como mías. En sus rincones se perdieron 24, 2 y 2 años respectivamente de Guille. Y en sus rincones se lee toda mi vida.
Sólo me queda descubrir de qué forma va a continuar la suma.
Cada rincón de la visita es una excusa para recordar un momento que haga tuyo ese rincón. Paseando, tu visitante con el mapa en la mano y tú con el mapa en los pies, se suceden edificios, calles y monumentos alternándose con bares, anécdotas, bancos en parques, anécdotas, plazas, anécdotas y bares para acabar.
Con cada calle te descubres, con cada fachada retomas una historia, de cuando hiciste pellas en el instituto, de las cenas con los de la universidad, de cuando te dejó tu primera novia, de aquella manifestación, de la vez que te fuiste a tomar una caña y acabaste de fiesta, de aquella nochevieja, de las mejores croquetas, de ese concierto, de cómo ligaste en un burger, de por dónde salías a correr, de las mejores vistas de la ciudad, de cuando te castigó tu madre, del kalimocho en aquel banco del parque, ...
A cada esquina que doblas nombras a alguien tuyo. Pablo, Jorge, Patrick, Fibi, Tania, Antonio, Alberto... Los nombras como si tu acompañante los conociera de toda la vida, sin percatarte de que es la primera vez que él o ella oye estos nombres.
El día se va acabando y con las últimas horas, sin darte cuenta, has enseñado tanto de la ciudad como de ti mismo.
La visita se acaba y tu acompañante no recordará muy bien de qué estilo era la catedral, en qué año se construyó la plaza Mayor o qué rey vivió en el palacio.
Y te da igual, porque sabes que de alguna manera lo has conseguido. Has conseguido que cuando vuelva a su ciudad y piense en tu ciudad, se acuerde de ti. Recuerde tus anécdotas. Recuerde tu gente. Has conseguido que sienta parte de todo ello.
Has hecho que algo tuyo sea suyo para siempre.
Tengo 28 años.
24 +2 +2
24 años en Madrid
2 años en Munich
2 años en Barcelona
Siento las 3 ciudades como mías. En sus rincones se perdieron 24, 2 y 2 años respectivamente de Guille. Y en sus rincones se lee toda mi vida.
Sólo me queda descubrir de qué forma va a continuar la suma.
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